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Estratto da Mister Squishy, di David Foster Wallace

… somewhere along the line his professional marketing skills had metastasized through his whole character so that he was now the sort of man who, if he were to screw up his courage and ask a female colleague out for drinks and over drinks open his heart to her and reveal that he respected her enormously, that his feelings for her involved elements of both professional and highly personal regard, and that he spent a great deal more time thinking about her than she probably had any idea he did, and that if there were anything at all he could ever do to make her life happier or easier or more satisfying or fulfilling he hoped she’d just say the word, for that is all she would have to do, say the word or snap her thick fingers or even just look at him in a meaningful way, and he’d be there, instantly and with no reservations at all, he would nevertheless in all probability be viewed as probably just wanting to sleep with her or fondle or harass her, or as having some creepy obsession with her, or as maybe even having a small creepy secretive shrine to her in one corner of the unused second bedroom of his condominium, consisting of personal items fished out of her cubicle’s wastebasket or the occasional dry witty little notes she passed him during especially deadly or absurd Team Δy staff meetings, or that his home Apple PowerBook’s screensaver was an Adobe-brand 1440-dpi blowup of a digital snapshot of the two of them with his arm over her shoulder and just part of the arm and shoulder of another Team Δy Field-worker with his arm over her shoulder from the other side at a Fourth of July picnic that A.C. Romney-Jaswat & Assoc. had thrown for its research subcontractors at Navy Pier two years past, Darlene holding her cup and smiling in such a way as to show almost as much upper gum as teeth, the ale’s cup’s red digitally enhanced to match her lipstick and the small scarlet rainbow she often wore just right of center as a sort of personal signature or statement.

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Estratto dal capitolo 8 di Si te dicen que caí, di Juan Marsé

–Qué sueño, hijo –murmuró despertando, todavía sin fijarse en él pero ya depositando en su bragueta una mano que parecía tener vida independiente de su voluntad y de su cuerpo, ingrávida, solícita, viendo a Arsenio Lupin inclinarse muy gentil y elegante ante una dama de luminosos hombros desnudos. Entonces se volvió y lo miró: un sobresalto–. Vaya.
Retiró la mano pero Java se la volvió a coger, atrayéndola. Ramona se quitó las gafas negras para verle mejor.
–Espera –miró en torno con ojos de pantera acorralada mientras su mano permanecía sobre la sensible carne de él, que ya percibía los golpes de la sangre.
–Pasaba por aquí y entré –dijo Java, ladeado en la butaca y besando su cuello–. Qué casualidad, ¿no? Me alegro de verte, en serio, me gustas, pienso en ti desde aquel día…
–¿Con lo mal que lo pasamos? ¿Me has mirado bien, rico? ¿Qué te gusta de mí?
Pensó confusamente, excitado: aquellos temblores de la pelvis, aquel entrechocar de dientes, aquel acurrucarte a mi lado como un perro dócil y asustado.
–Tus pechos –dijo–. Me gustan mucho tus pechos.
Ella se rió suavemente.
(…)
Su pensamiento estaba parado y lejos, seguramente mucho más allá de la pantalla, pero su mano seguía accionando con una precisión endiablada, movida por un mecanismo distante y a la vez afectuoso. Java notaba el corazón de Ramona latiendo bajo los costurones del pecho, y un leve cambio de ritmo en la respiración de ella, y durante un rato lo olvidó todo: que la perseguían con saña y odio y que él no sabía por qué, que no era una puta como las otras, que tenía dos nombres y un miedo antiguo, un sudor de desgracia inminente en la piel degradada.
(…)
–De mí no tengas miedo, Ramona, quiero ser tu amigo.
–Yo no quiero amigos. Dame tu pañuelo.
–Todavía no… Mira, mejor vamos a tu casa, ¿eh?
–No tienes bastante dinero para eso.
–Por favor. Me gustaría. Desde aquel día sólo pienso en ti, y mira que he vuelto de veces con otras. No valen nada. Me he enamorado de ti, Ramona.
–Embustero. Que eres un criajo –sonrió ella con cierta dulzura por primera vez, mirándole a los ojos–. Con un cuerpo de hombre, pero un crío.
–Me estimas un poco, a que sí. Te di gusto, a que sí.
La besó en los labios y ella cerró los ojos, recostó la cabeza en el respaldo de la butaca con una mezcla de fatiga y condescendencia y le dejó hacer. Java le subió la falda, ella abrió las piernas. La música vibrante anunciaba el final de la película. Se encendieron las luces: una quincena de espectadores de pie entre las butacas, saludando la pantalla en blanco mientras sonaba el himno. Java guardó el pañuelo en el bolsillo.
–¿Lo ves, tanto charlar? –Ramona mirándole de reojo, el brazo derecho en alto–. Abróchate.
–Te acompaño, me voy contigo.
–No hace falta.
–Mira cómo me dejas. Por favor, quiero ser tu amigo. Te gusto un poco, Ramona, no lo niegues.
(…)
–No tienes para pagar una habitación.
–Contigo no quiero ir a una habitación, quiero ir a tu casa.
–Es una pensión, y allí no puede ser.
–Entraré sin que me vean.
–Que no.
–Por favor.
La siguió por el pasillo y en la puerta del cine se juntaron con la gente, iban apretujados y amodorrados, Java avanzaba tras ella abrazado a su cintura, arrimado a sus nalgas, enardecido, la boca pegada a su oreja: ¿verdad que trabajabas en un chalet de la calle Camelias, hace años? Ella le devolvía el calor, el roce, la necesidad de compañía: ¿por qué lo preguntas? Fue entonces cuando Ramona apretó su mano en silencio y se volvió para besarle el mentón. Eres un buen chico, dijo.
(…)
Discutiendo aún, ella dejó pasar dos tranvías, pero el siguiente lo pilló en marcha, se colgó del estribo dejando a Java con la palabra en la boca. Él siempre creyó que quería deshacerse de su presencia, peligrosa en algún sentido.
(…)
No olvidaría, en cambio, el final de la conversación con Ramona, poco antes de verla saltar al tranvía: ahorra un poco y vuelve a buscarme, ahora no puedo permitirme hacer favores. Y también: comparto la habitación con otra chica y empiezo a estar harta del barrio chino, alquilan una en la calle Legalidad pero de momento no me conviene. Y él: ¿no te conviene? ¿De qué tienes miedo?, haciéndose el longuis, ¿por qué, has hecho algo malo?, y como ella parecía sorda o se hacía la sorda, Java volvió a lo otro: qué buena estás, cuándo te veré otra vez y no puedes dejarme así con esta calentura… Pero me mudaré pronto, aún dijo como si no hablara con él, y todo cambiará, esto no puede durar, alquilaré una máquina de coser y probaré a trabajar de nuevo. Podrías probar, sí, deberías probar, dijo él.
De momento seguía en el barrio chino: eso fue lo que más se le grabó. La había tenido en las manos y se le había escapado. (…) Se tomó su vermut, solo y pensativo, y de vuelta a la trapería aún seguía mareado por el furtivo olor del cuerpo de la puta roja en la tiniebla del cine.

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Estratto dal capitolo 5 di Il demone della prosperità, di Chan Koonchung

Non avrebbe mai immaginato che a quel punto Vecchio Chen si sarebbe ripresentato nella sua vita per dichiararle amore eterno.
Piccola Xi rimase seduta con lo sguardo nel vuoto davanti al computer per più di un’ora. Sapeva che davanti a un altro schermo c’era qualcun altro seduto con lo stesso sguardo perso.
Alla fine postò una risposta: «Non sono più la Piccola Xi che conoscevi».
«Mi piace ancora di più quella di adesso», fu l’immediata risposta di Vecchio Chen.
«Soffro di depressione cronica», scrisse lei.
«Lo so. Mi prenderò cura di te», ribatté lui.
«Il mio corpo è decrepito oltre ogni rimedio.»
«Io sono la prova della tua bellezza.»
«Non sono sicura di volere una relazione.»
«Aspetterò con pazienza finché non avrai deciso.»
«Sono sicura di non avere il tempo per una relazione», scrisse Piccola Xi.
«Posso aspettare quanto vuoi, nell’Henan o dovunque», rispose Vecchio Chen.

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