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Estratto dal capitolo 8 di Si te dicen que caí, di Juan Marsé

–Qué sueño, hijo –murmuró despertando, todavía sin fijarse en él pero ya depositando en su bragueta una mano que parecía tener vida independiente de su voluntad y de su cuerpo, ingrávida, solícita, viendo a Arsenio Lupin inclinarse muy gentil y elegante ante una dama de luminosos hombros desnudos. Entonces se volvió y lo miró: un sobresalto–. Vaya.
Retiró la mano pero Java se la volvió a coger, atrayéndola. Ramona se quitó las gafas negras para verle mejor.
–Espera –miró en torno con ojos de pantera acorralada mientras su mano permanecía sobre la sensible carne de él, que ya percibía los golpes de la sangre.
–Pasaba por aquí y entré –dijo Java, ladeado en la butaca y besando su cuello–. Qué casualidad, ¿no? Me alegro de verte, en serio, me gustas, pienso en ti desde aquel día…
–¿Con lo mal que lo pasamos? ¿Me has mirado bien, rico? ¿Qué te gusta de mí?
Pensó confusamente, excitado: aquellos temblores de la pelvis, aquel entrechocar de dientes, aquel acurrucarte a mi lado como un perro dócil y asustado.
–Tus pechos –dijo–. Me gustan mucho tus pechos.
Ella se rió suavemente.
(…)
Su pensamiento estaba parado y lejos, seguramente mucho más allá de la pantalla, pero su mano seguía accionando con una precisión endiablada, movida por un mecanismo distante y a la vez afectuoso. Java notaba el corazón de Ramona latiendo bajo los costurones del pecho, y un leve cambio de ritmo en la respiración de ella, y durante un rato lo olvidó todo: que la perseguían con saña y odio y que él no sabía por qué, que no era una puta como las otras, que tenía dos nombres y un miedo antiguo, un sudor de desgracia inminente en la piel degradada.
(…)
–De mí no tengas miedo, Ramona, quiero ser tu amigo.
–Yo no quiero amigos. Dame tu pañuelo.
–Todavía no… Mira, mejor vamos a tu casa, ¿eh?
–No tienes bastante dinero para eso.
–Por favor. Me gustaría. Desde aquel día sólo pienso en ti, y mira que he vuelto de veces con otras. No valen nada. Me he enamorado de ti, Ramona.
–Embustero. Que eres un criajo –sonrió ella con cierta dulzura por primera vez, mirándole a los ojos–. Con un cuerpo de hombre, pero un crío.
–Me estimas un poco, a que sí. Te di gusto, a que sí.
La besó en los labios y ella cerró los ojos, recostó la cabeza en el respaldo de la butaca con una mezcla de fatiga y condescendencia y le dejó hacer. Java le subió la falda, ella abrió las piernas. La música vibrante anunciaba el final de la película. Se encendieron las luces: una quincena de espectadores de pie entre las butacas, saludando la pantalla en blanco mientras sonaba el himno. Java guardó el pañuelo en el bolsillo.
–¿Lo ves, tanto charlar? –Ramona mirándole de reojo, el brazo derecho en alto–. Abróchate.
–Te acompaño, me voy contigo.
–No hace falta.
–Mira cómo me dejas. Por favor, quiero ser tu amigo. Te gusto un poco, Ramona, no lo niegues.
(…)
–No tienes para pagar una habitación.
–Contigo no quiero ir a una habitación, quiero ir a tu casa.
–Es una pensión, y allí no puede ser.
–Entraré sin que me vean.
–Que no.
–Por favor.
La siguió por el pasillo y en la puerta del cine se juntaron con la gente, iban apretujados y amodorrados, Java avanzaba tras ella abrazado a su cintura, arrimado a sus nalgas, enardecido, la boca pegada a su oreja: ¿verdad que trabajabas en un chalet de la calle Camelias, hace años? Ella le devolvía el calor, el roce, la necesidad de compañía: ¿por qué lo preguntas? Fue entonces cuando Ramona apretó su mano en silencio y se volvió para besarle el mentón. Eres un buen chico, dijo.
(…)
Discutiendo aún, ella dejó pasar dos tranvías, pero el siguiente lo pilló en marcha, se colgó del estribo dejando a Java con la palabra en la boca. Él siempre creyó que quería deshacerse de su presencia, peligrosa en algún sentido.
(…)
No olvidaría, en cambio, el final de la conversación con Ramona, poco antes de verla saltar al tranvía: ahorra un poco y vuelve a buscarme, ahora no puedo permitirme hacer favores. Y también: comparto la habitación con otra chica y empiezo a estar harta del barrio chino, alquilan una en la calle Legalidad pero de momento no me conviene. Y él: ¿no te conviene? ¿De qué tienes miedo?, haciéndose el longuis, ¿por qué, has hecho algo malo?, y como ella parecía sorda o se hacía la sorda, Java volvió a lo otro: qué buena estás, cuándo te veré otra vez y no puedes dejarme así con esta calentura… Pero me mudaré pronto, aún dijo como si no hablara con él, y todo cambiará, esto no puede durar, alquilaré una máquina de coser y probaré a trabajar de nuevo. Podrías probar, sí, deberías probar, dijo él.
De momento seguía en el barrio chino: eso fue lo que más se le grabó. La había tenido en las manos y se le había escapado. (…) Se tomó su vermut, solo y pensativo, y de vuelta a la trapería aún seguía mareado por el furtivo olor del cuerpo de la puta roja en la tiniebla del cine.

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Estratto da El amante lesbiano, di José Luis Sampedro

Me contemplo asombrado: ¿Es posible sentirse así, Dios mío?
—¿Por qué no va a ser posible?
Una voz educada, neutra y a la vez penetrante. Me vuelvo hacia el personaje que, sin yo advertirlo, se ha sentado junto a mí. Aspecto de señor bondadoso, per no blando, actitud de haber vivido y estar de vuelta, aire reposado pero ojos sabios y muy vivos. Su traje más bien convencional, con corbata muy discreta, de quien no se cuida de eso y se limita a no llamar la atención.
—¿Decía usted?
—He contestado a tu pregunta. No tiene nada de imposible que un hombre consiga elevarse a lo más alto de sí mismo, aunque reconozco que muy pocos lo intentan y la gran masa ni sospecha poseer esa cima.
—Pero ¿usted…?
—No. He venido porque me has llamado.
—¿Yo?
—Has dicho «dios mío»… Yo soy ese dios y aquí estoy.
Le miro atónito, disimulando mi cautela.
—No me mires así, no soy un loco: soy dios. El tuyo, por supuesto; tu dios, sin mayúscula. Por eso me presento como me ves, según tu estilo. Si yo fuera el Dio oficial no me verías o, si acaso, me aparecería en la forma convencional: colocado entre nubes, con un triángulo detrás de la cabeza y larga barba blanca… No, yo soy tu dios. Has logrado al fin comprender mi esencia y aquí me tienes. No me decepciones, no vayas ahora a pensar que soy un loco ni se te ocurra arrodillarte. ¿Acaso no descubriste hace tiempo que dios es un invento de los hombres?
—Pues sí. Llegué a esa conclusión porque ningún dios de ninguna mitología conocida me resultaba aceptable.
—¡Condenadas mitologías! Me han atribuido las formas y naturalezas más inverosímiles y ante todas ellas se han prosternado los hombres adorándome. He sido cocodrilo, volcán, serpiente, río, cóndor, trueno y hasta transformista. Tan pronto me tenía que convertir en águila para gozar de un muchachito (cosa que muchos hombres lograban sin problemas) como volverme toro, cisne o lluvia de oro para poseer a una joven… ¡Qué trabajos! Y no quiero acordarme de tener que dejarme crucificar, descuartizar, castrar o cosas semejantes… Por eso me siento tan a gusto contigo. ¿Cómo me descubriste?
—Me lo hicieron ver tus injusticias y tus contradicciones, con perdón. Si habías creado a los hombres y te habíamos salido tan defectuosos no tenías derecho a castigarles: la culpa era tuya.
Mi dios, a quien ya siento cosa mía y mi amigo, ríe divertido y se pasa a jugar a abogado del diablo; es decir de Dios.
—Pero ¿no te justificaron el castigo como pago de vuestros pecados, cuya gravedad era infinita puesto que yo soy infinito?
—¿Cómo iba yo a creer en el pecado, una idea tan hija del orgullo? No ofende quien quiere, sino quien puede, repetía mi abuela. Si Dios es creador del Universo entero, ¿puede sentirse ofendido por una sabandija que le salío mal y que araña la superficie de un pequeño planeta? Hace falta tener una exageradísima idea de lo que es el hombre para creerle capaz de ofender a un infinito creador.
—Tienes razón. Pero no olvides que el dios de las mitologías es una creencia valiosa para muchos desgraciados ansiosos de esperanzas. Por eso está presente, con variantes, en todas las culturas, lo cual no prueba —como se dice— la existencia de dios, sino la ventaja de inventarlo, a falta de algo mejor, ofreciendo otra vida cuyo acceso administran los que se erigen en intérpretes y administradores de la divinidad. Así surgieron Marduk, Allah, Ra, Odín, Jehová y todos los demás.
—Pero yo no necesito esas respuestas míticas; no me hace falta inventarte. ¿Cómo estás conmigo?
—No estoy contigo: Soy tú mismo. ¿No estabas hace un momento animado por un impulso vital incontenible en la cima de ti mismo? Eres vida mortal —nada más y nada menos—, una vida valiosa porque eres único. Cada ser es un experimento distinto de la Vida global, que ensaya mil variantes en su progresiva evolución; tu existencia es tu contribución a esos ensayos. No somos hijos de dios sino hijos de la Vida; cada uno es una chispa del gran Todo; de la llamarada inmensa y perpetua que es la Energía Cósmica. Pero a lo largo de la evolución en el nivel humano la Vida ha creado la Conciencia y en ella tu anhelo hacia delante. Esa conciencia tuya es lo más avanzado en ti, te sitúa en la frontera más adelantada de la evolución global. Y esa conciencia, esa vanguardia en ti soy yo… Cuando algo te exalta como hace un momento, o ante una hermosura o un descubrimiento, entonces me encuentras, me manifiesto en ti, accedes a lo más alto… Llámame tu espíritu, si lo prefieres; el nombre me da lo mismo. Lo importante es que estoy en ti: soy lo más vital, lo más ardiente de ti. Tu parte de energía cósmica, de creación en marcha.

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Estratto da Posibilidades de la abstracción, di Julio Cortázar, in Historias de cronopios y de famas

Trabajo desde hace años en la Unesco y otros organismos internacionales, pese a lo cual conservo algún sentido del humor y especialmente una notable capacidad de abstracción, es decir, que si no me gusta un tipo lo borro del mapa con sólo decidirlo, y mientras él habla y habla yo me paso a Melville y el pobre cree que lo estoy escuchando. De la misma manera, si me gusta una chica puedo abstraerle la ropa apenas entra en mi campo visual, y mientras me habla de lo fría que está la mañana yo me paso largos minutos admirándole el ombliguito. A veces es casi malsana esta facilidad que tengo. (…) El miércoles era de ceniza, día en que los procesos digestivos me parecieron ilustración adecuada a la circunstancia, por lo cual a las nueve y media fui mohíno espectador de la llegada de centenares de bolsas llenas de papilla grisácea, resultante de la mezcla de corn-flakes, café con leche y medialunas. En la cantina vi cómo una naranja se dividía en prolijos gajos, que en un momento dado perdían su forma a cierta altura de un depósito blanquecino. En este estado la naranja recorrió el pasillo, bajó cuatro pisos y luego de entrar en una oficina, fue a inmovilizarse en un punto situado entre los dos brazos de un sillón. Algo más lejos se veía en análogo reposo un cuarto de litro de té cargado. Como curioso paréntesis (mi facultad de abstracción suele ejercerse arbitrariamente) podía ver además una bocanada de humo que se entubaba verticalmente, se dividía en dos translúcidas vejigas, subía otra vez por el tubo y luego de una graciosa voluta se dispersaba en barrocos resultados. Más tarde (yo estaba en otra oficina) encontré un pretexto para volver a visitar la naranja, el té y el humo. Pero el humo había desaparecido, y en vez de la naranja y el té había dos desagradables tubos retorcidos. Hasta la abstracción tiene su lado penoso; saludé a los tubos y me volví a mi despacho. Mi secretaria lloraba, leyendo el decreto por el cual me dejaban cesante. Para consolarme decidí abstraer sus lágrimas, y por un rato me deleité con esas diminutas fuentes cristalinas que nacían en el aire y se aplastaban en los biblioratos, el secante y el boletín oficial. La vida esta llena de hermosuras así.

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Obituario con hurras, di Mario Benedetti

Vamos a festejarlo
vengan todos
los inocentes
los damnificados
los que gritan de noche
los que sufren de día
los que sufren el cuerpo
los que alojan fantasmas
los que pisan descalzos
los que blasfeman y arden
los pobres congelados
los que quieren a alguien
los que nunca se olvidan

vamos a festejarlo
vengan todos
el crápula se ha muerto
se acabó el alma negra
el ladrón
el cochino
se acabó para siempre
hurra
que vengan todos
vamos a festejarlo
a no decir
la muerte
siempre lo borra todo
todo lo purifica

cualquier día

la muerte
no borra nada
quedan
siempre las cicatrices
hurra
murió el cretino
vamos a festejarlo
a no llorar de vicio
que lloren sus iguales
y se traguen sus lágrimas

se acabó el monstruo prócer
se acabó para siempre
vamos a festejarlo
a no ponernos tibios
a no creer que éste
es un muerto cualquiera

vamos a festejarlo
a no volvernos flojos
a no olvidar que éste
es un muerto de mierda.

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Estratto dal capitolo 38, volume primo, di Don Quijote de la Mancha, di Miguel de Cervantes

Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra.

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Estratto dal capitolo 33, volume primo, di Don Quijote de la Mancha, di Miguel de Cervantes

Porque yo tengo para mí, ¡oh amigo!, que no es una mujer más buena de cuanto es o no es solicitada, y que aquella sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las dádivas, a las lágrimas y a las continuas importunidades de los solícitos amantes. Porque, ¿qué hay que agradecer (…) que una mujer sea buena, si nadie le dice que sea mala? ¿Qué mucho que esté recogida y temerosa la que no le dan ocasión para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en cogiéndola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? Ansí que, la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener en aquella estima en que tendré a la solicitada y perseguida que salió con la corona del vencimiento.

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Estratto da Cien años de soledad, di Gabriel García Márquez

Pocas horas después, estragado por la vigilia, entró en el taller de Aureliano y le preguntò: «¿Qué día es hoy?» Aureliano le contestó que era martes. «Eso mismo pensaba yo», dijo José Arcadio Buendía. «Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes.» Acostumbrado a sus manías, Aurealiano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. «Esto es un desastre -dijo-. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.» (…) Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo. (…) El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes.

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Estratto dal capitolo 25 di Sombra de la sombra, di Paco Ignacio Taibo II

Él pensaba, recordando, en aquella mujer vestida de tul rosa, con una pamela en la cabeza, jugando con los pies descalzos contra la resaca, hundiendo en la arena los dedos, pintadas las uñas de un rojo brillante, que el mar deslavaba. Pensaba en el tul que se mecía en los vaivenes de la mujer, y cómo ella cantaba una canción, una tonada, mientras dejaba que los tirantes de tul rosa se deslizaran sobre sus hombros para dejar los pechos blancos al descubierto. Él también recordaba las palmeras y el atardecer, el sol que se iba escondiendo tras las torres de la refinería de la Huasteca Petroleum Company. Y todo esto lo asociaba en la memoria con una canción que estaba de moda en aquellos días y que había escuchado por primera vez en boca de un borracho: «Tampico hermoso, puerto tropical/ tú eres la gloria de todo nuestro país/ y por doquiera yo de ti me he de acordar, me he de acordar.» Y él se acordaba. Y pensaba que la memoria de los hombres es un juego de idiotas creado por dioses ociosos.
La mujer se llamaba Greta; ella se llamaba a sí misma Greta, y tenía una pamela blanca, a la que le había quitado un tul porque estaba raído. Le echaba la culpa al calor. Él no le echaba la culpa al calor. Le gustaba el calor pegajoso, el sol brillante que lastimaba la piel, la sudaba, la secaba. Ella se mató con arsénico. Meticulosamente destiló diez papeles matamosca para conseguir el contenido de la copa suicida. Como buena alemana rigurosa, precisa. Él nunca se suicidaría. Pero ella sí. Y ahora sólo quedaba el recuerdo de la mujer en la playa, al atardecer, mojándose los pies en el mar, dejando caer la parte superior del vestido de tul rosa para que sus dos enormes pechos blancos fueran tocados por el último sol de aquella tarde. Todo ello mezclado con una canción patriotera que hablaba de la gloria de Tampico.

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Citazioni varie sull’alcol

The whisky warmed his tongue and the back of his throat, but it did not change his ideas any, and suddenly, looking at himself ia the mirror behind the bar, he knew that drinking was never going to do any good to him now. Whatever he had now he had, and it was from now on, and if he drank himself unconscious when he woke up it would be there.

Il whisky gli scaldò la lingua e il fondo della gola, ma non gli cambiò le idee, e all’improvviso, guardandosi nello specchio dietro il banco, Gordon capì che l’alcol non gli avrebbe più fatto alcun bene. Quello che aveva, d’ora in poi, qualunque cosa fosse; e anche se avesse bevuto fino a perdere i sensi, quando si fosse svegliato sarebbe stato lì.

(Ernest Hemingway, To Have and Have Not, traduzione di Vincenzo Mantovani)

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Estratto dal capitolo 10, seconda parte, di Los detectives salvajes, di Roberto Bolaño

Claudia, que los primeros días intentó ignorar la nueva situación, finalmente también aceptó los hechos y dijo que empezaba a sentirse agobiada. Al segundo día de estancia con nosotros, una mañana, mientras Claudia se lavaba los dientes, Ulises le dijo que la amaba. La respuesta de Claudia fue que ya lo sabía. He venido hasta aquí por ti, le dijo Ulises, he venido porque te amo. La respuesta de Claudia fue que podía haberle escrito una carta. Ulises encontró aquella respuesta altamente estimulante y le escribió un poema que leyó a Claudia a la hora de comer. Cuando yo me levantaba discretamente de la mesa, pues no quería oír nada, Claudia me pidió que me quedara y el mismo ruego le hizo a Daniel. El poema era más bien un conjunto de fragmentos sobre una ciudad mediterránea, Tel-Aviv, supongo, y sobre un vagabundo o poeta mendicante. Me pareció hermoso y así lo dije. Daniel compartió mi opinión. Claudia estuvo callada unos minutos, con expresión pensativa, y después dijo que, en efecto, ojalá pudiera ella escribir poemas tan hermosos. Por un instante yo pensé que todo se reconducía, que íbamos a poder estar todos en paz y me propuse como voluntario para ir a conseguir una botella de vino. Pero Claudia dijo que al día siguiente tenía que estar muy temprano en la universidad y diez minutos después ya estaba encerrada en nuestra habitación. Ulises, Daniel y yo hablamos durante un rato, nos bebimos otra taza de té y después cada uno se fue a su cuarto. A eso de las tres me levanté para ir al baño y al pasar de puntillas por la sala escuché que Ulises estaba llorando. No creo que se diera cuenta que yo estaba allí. Estaba tirado bocabajo, supongo, desde donde yo estaba sólo era un bulto sobre el sofá, un bulto cubierto con una manta y con un viejo abrigo, un volumen, una masa de carne, una sombra que se estremecía lastimeramente. (…) La cabeza me daba vueltas porque cada noche, cuando salía a orinar, encontraba a Ulises llorando en la oscuridad, y eso no era lo peor, lo peor era que algunas noches pensaba: hoy lo veré llorar, es decir, que vería su rostro, porque hasta entonces sólo lo oía, ¿y quién me asegura a mí que lo que escuchaba era un llanto y no los gemidos, por ejemplo, de alguien en el proceso de hacerse una paja? Y cuando pensaba que vería su rostro, lo imaginaba alzándose en la oscuridad, un rostro anegado en llanto, un rostro tocado por la luz de la luna que se filtraba a través de las ventanas de la sala. Y ese rostro expresaba tanta desolación que ya desde el mismo momento en que me sentaba en la cama, en la oscuridad, sintiendo a Claudia a mi lado, su respiración algo ronca, el peso como de una roca me oprimía el corazón y yo también sentía ganas de llorar. Y a veces me quedaba mucho rato sentado en la cama, aguantándome las ganas de ir al baño, aguantándome las ganas de llorar, todo por el miedo de que aquella noche sí, de que aquella noche su cara se levantase de la oscuridad y yo pudiera verla.

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