Archivio mensile:ottobre 2013

Estratto dal capitolo 8 di Si te dicen que caí, di Juan Marsé

–Qué sueño, hijo –murmuró despertando, todavía sin fijarse en él pero ya depositando en su bragueta una mano que parecía tener vida independiente de su voluntad y de su cuerpo, ingrávida, solícita, viendo a Arsenio Lupin inclinarse muy gentil y elegante ante una dama de luminosos hombros desnudos. Entonces se volvió y lo miró: un sobresalto–. Vaya.
Retiró la mano pero Java se la volvió a coger, atrayéndola. Ramona se quitó las gafas negras para verle mejor.
–Espera –miró en torno con ojos de pantera acorralada mientras su mano permanecía sobre la sensible carne de él, que ya percibía los golpes de la sangre.
–Pasaba por aquí y entré –dijo Java, ladeado en la butaca y besando su cuello–. Qué casualidad, ¿no? Me alegro de verte, en serio, me gustas, pienso en ti desde aquel día…
–¿Con lo mal que lo pasamos? ¿Me has mirado bien, rico? ¿Qué te gusta de mí?
Pensó confusamente, excitado: aquellos temblores de la pelvis, aquel entrechocar de dientes, aquel acurrucarte a mi lado como un perro dócil y asustado.
–Tus pechos –dijo–. Me gustan mucho tus pechos.
Ella se rió suavemente.
(…)
Su pensamiento estaba parado y lejos, seguramente mucho más allá de la pantalla, pero su mano seguía accionando con una precisión endiablada, movida por un mecanismo distante y a la vez afectuoso. Java notaba el corazón de Ramona latiendo bajo los costurones del pecho, y un leve cambio de ritmo en la respiración de ella, y durante un rato lo olvidó todo: que la perseguían con saña y odio y que él no sabía por qué, que no era una puta como las otras, que tenía dos nombres y un miedo antiguo, un sudor de desgracia inminente en la piel degradada.
(…)
–De mí no tengas miedo, Ramona, quiero ser tu amigo.
–Yo no quiero amigos. Dame tu pañuelo.
–Todavía no… Mira, mejor vamos a tu casa, ¿eh?
–No tienes bastante dinero para eso.
–Por favor. Me gustaría. Desde aquel día sólo pienso en ti, y mira que he vuelto de veces con otras. No valen nada. Me he enamorado de ti, Ramona.
–Embustero. Que eres un criajo –sonrió ella con cierta dulzura por primera vez, mirándole a los ojos–. Con un cuerpo de hombre, pero un crío.
–Me estimas un poco, a que sí. Te di gusto, a que sí.
La besó en los labios y ella cerró los ojos, recostó la cabeza en el respaldo de la butaca con una mezcla de fatiga y condescendencia y le dejó hacer. Java le subió la falda, ella abrió las piernas. La música vibrante anunciaba el final de la película. Se encendieron las luces: una quincena de espectadores de pie entre las butacas, saludando la pantalla en blanco mientras sonaba el himno. Java guardó el pañuelo en el bolsillo.
–¿Lo ves, tanto charlar? –Ramona mirándole de reojo, el brazo derecho en alto–. Abróchate.
–Te acompaño, me voy contigo.
–No hace falta.
–Mira cómo me dejas. Por favor, quiero ser tu amigo. Te gusto un poco, Ramona, no lo niegues.
(…)
–No tienes para pagar una habitación.
–Contigo no quiero ir a una habitación, quiero ir a tu casa.
–Es una pensión, y allí no puede ser.
–Entraré sin que me vean.
–Que no.
–Por favor.
La siguió por el pasillo y en la puerta del cine se juntaron con la gente, iban apretujados y amodorrados, Java avanzaba tras ella abrazado a su cintura, arrimado a sus nalgas, enardecido, la boca pegada a su oreja: ¿verdad que trabajabas en un chalet de la calle Camelias, hace años? Ella le devolvía el calor, el roce, la necesidad de compañía: ¿por qué lo preguntas? Fue entonces cuando Ramona apretó su mano en silencio y se volvió para besarle el mentón. Eres un buen chico, dijo.
(…)
Discutiendo aún, ella dejó pasar dos tranvías, pero el siguiente lo pilló en marcha, se colgó del estribo dejando a Java con la palabra en la boca. Él siempre creyó que quería deshacerse de su presencia, peligrosa en algún sentido.
(…)
No olvidaría, en cambio, el final de la conversación con Ramona, poco antes de verla saltar al tranvía: ahorra un poco y vuelve a buscarme, ahora no puedo permitirme hacer favores. Y también: comparto la habitación con otra chica y empiezo a estar harta del barrio chino, alquilan una en la calle Legalidad pero de momento no me conviene. Y él: ¿no te conviene? ¿De qué tienes miedo?, haciéndose el longuis, ¿por qué, has hecho algo malo?, y como ella parecía sorda o se hacía la sorda, Java volvió a lo otro: qué buena estás, cuándo te veré otra vez y no puedes dejarme así con esta calentura… Pero me mudaré pronto, aún dijo como si no hablara con él, y todo cambiará, esto no puede durar, alquilaré una máquina de coser y probaré a trabajar de nuevo. Podrías probar, sí, deberías probar, dijo él.
De momento seguía en el barrio chino: eso fue lo que más se le grabó. La había tenido en las manos y se le había escapado. (…) Se tomó su vermut, solo y pensativo, y de vuelta a la trapería aún seguía mareado por el furtivo olor del cuerpo de la puta roja en la tiniebla del cine.

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